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Donde vive la imaginación



Los sueños incumplidos producen monstruos. Es algo que le debe ocurrir a todo el mundo (a no ser que seas Pep Guardiola). Por eso es recomendable llevarse bien con ellos. Spike Jonze se adentra en esos sentimientos de frustración y miedo con Donde viven los monstruos, una película tierna y turbadora a partes iguales. Se estrenó el pasado 18 de diciembre, el mismo día que Avatar.
"El cine lo revolucionaron los hermanos Marx, Hitchcock, John Ford, los neorrealistas, los autores de la nouvelle vague... Ninguno era técnico. Eran artistas" decía Javier Ocaña en El País sobre Avatar. La última superproducción de James Cameron está rompiendo la taquilla mundial gracias, "solamente", a su técnica en 3 dimensiones. Nadie destaca la historia que cuenta porque eso parece ser que es lo de menos. Personalmente, a mi hace mucho tiempo que dejaron de impresionarme los efectos especiales (al fin y al cabo, el 3D no es más que otro efecto). No digo que no tenga valor, que lo tiene y mucho, pero ya he asumido que con la informática todo es posible. El asombro, único sentimiento que son capaces de despertar esos recursos, está por lo tanto más que amortizado.
Donde viven los monstruos y Avatar están en las antípodas la una de la otra. En el trabajo de Spike Jonze la técnica es sólo una herramienta para contar una historia fantástica sobre sentimientos. Los monstruos protagonistas son encarnados por actores reales dentro de disfraces no mucho más sofisticados que los de Barrio Sésamo (salvo por la manera en que se han conseguido las expresiones de sus caras). Pero sirven para contar algo. ¿Acaso no se trataba de eso?

Ágora: un correcto ensayo



Escribía recientemente Umberto Eco que si la religión fue, en ocasiones, el opio del pueblo, más a menudo funcionó (y funciona) como su cocaína. Lejos de anestesiar, este tipo de creencias han estimulado no pocos conflictos a lo largo de la historia. Ágora retrata esa capacidad destructiva ofreciendo un verosímil retrato de la filósofa Hipatia de Alejandría así como del tiempo que le tocó vivir. Debido a que no se ha conservado ningún documento de la propia pensadora, el campo del que ha dispuesto Amenabar para fabular sobre ella resultaba tan obligado como alentador. Es por ello que no puede considerarse una película biográfica, ya que su protagonista juega un papel eminentemente simbólico. Realmente, el director español podía haber contado la misma historia con Galileo Galilei, con Giordano Bruno, o con cualquier científico que fuera perseguido por pensar antes que por creer.
Tampoco estamos ante un peplum de aventuras al estilo de Hollywood. La conexión emocional del espectador con la película resulta dificultosa, en primer lugar por el lejano punto de vista que trata de marcar Amenábar (lo cual queda patente con los continuos planos cenitales en los que se llega a ver la Tierra desde el espacio exterior), pero también porque el meollo del asunto es de tal calado que los conflictos pasionales y políticos quedan eclipsados. Al final, Ágora acaba siendo un ensayo, con todo lo que ello implica. Es un alegato a favor de la razón y en contra del fundamentalismo de la fe; un retrato del clima que se vivió en aquella Alejandría en la que el velo religioso acabó imponiéndose a los ojos de muchos que intentaron hacer avanzar al mundo por la vía de la ciencia. En ese sentido debe valorarse la cinta y por ello se le puede perdonar cierto maniqueismo de brocha gorda en el tratamiento de los bandos, cierta apatía en la narración o ciertas licencias históricas sólo visibles a los ojos de los muy entendidos. Al final, lo que queda, es la perfecta comprensión de un capítulo de nuestra historia enormemente significativo y que permite extraer enseñanzas de validez atemporal.

RAF. Facción del ejército rojo


Recientemente ha sido estrenada en España la película RAF. Facción del Ejército Rojo. Me gustaría hacer una crítica ciñiéndome a lo único que he visto de ella, su título. He de confesar que me gusta por su versatilidad. Igual te vale para hablar de terrorismo en Alemania que de tomates.

Un once de fútbol en el cine

Como colofón a esta serie sobre alineaciones, acabamos con un equipo de película. Se trata de un once confeccionado con actores que han interpretado a futbolistas en alguna cinta. Para equilibrar algo sus posibles enfrentamientos, el equipo jugará con tres porteros.


1- Silvester Stallone en Evasión o victoria. Impagable su actuación como portero. Con lo bajito que era no llegaba ni a tocar larguero, pero su agilidad era propia del mejor Benji Price (de la serie japonesa Oliver y Benji).


13- Carmelo Gómez en El Portero. A la antigua, con jersey de lana y gorrilla. Carmelo Gómez interpreta a un portero que se gana la vida yendo por los pueblos y retando a los lugareños a que le metan un penalti.


25- Fernando Tejero en El penalti más largo del mundo. Comedia (¿comedia?) rodada para aprovechar el éxito de Fernando Tejero como portero (de finca) en la serie Aquí no hay quien viva. De los tres guardametas de este equipo, él sería el más flojito.


2- Vinnie Jones en Jugar duro. Antes de ser actor en películas como X-Men, Garfield o Snatch, Vinnie Jones fue futbolista de primer nivel, jugando en equipos como el Chelsea, el Leeds o el Queens Parks Rangers. Se caracterizó por su dureza, lo cual le vino juy bien a la hora de interpretar en esta película a un ex-capitán de la selección inglesa que acaba en la cárcel. Pronto monta un equipo con lo mejor de cada celda.


3- Stephen Chow en Shaolin Soccer. Chow escribe, dirige y actua en esta cinta sobre un experto en artes marciales que decide utilizar sus técnicas de pelea en el fútbol. Que se sepa, la cinta no está inspirada en Javi Navarro ni en ningún otro central leñero.


4- Michael Caine en Evasión o victoria. Algo pasado de peso pero se lo podía permitir en un equipo en el que compartía alineación con Pelé, Osvaldo Ardiles o Bobby Moore entre otros.


5 y 6- Las gemelas Olsen en Switching Goals. Si un doble pivote debe estar bien compenetrado nada mejor que encomendarselo a un par de gemelos. Dado que los De Boer no han protagonizado ninguna película no hay más remedio que entregárselo a las, por aquel entonces, adorables hermanas Olsen.


7- Parminder Nagra en Quiero ser como Beckham. La banda derecha tiene que ser para esta mujer hindú que deseaba seguir los pasos de su ídolo, David Beckham. En esta película también sale Keira Knightley, pero no da pie con bola.


8- Guillermo Campra en Carlitos y el campo de los sueños. Juventud para el centro del campo. Lo mejor de esta película en la que Carlitos sueña con jugar en la selección española es el cameo de Raúl (que no parece que sea el que mejor mano tenga ahora para enchufar a alguien en La Roja).


9- Ernesto Alterio en Días de fútbol. Enorme actuación interpretativa (que no futbolística) de Ernesto Alterio. Aunque carece de habilidades técnicas, artimañas como pinchar al rival con alfileres o comprar al árbitro ponen algo de Bilardismo en el el equipo, lo cual no vendrá mal.


10- Kuno Becker en ¡Gol! Un auténtico galáctico. La película narra la historia de un inmigrante mexicano que llega a jugar en el Newcastle. En la segunda parte ficha por el Madrid galáctico. Florentino (que aparece en un cameo) dejó que se rodara en el mismo Bernabéu junto con Zidane, Figo, etc.


11- Lincoln en Soccer Dog. Nada mejor que un tipo rápido y habilidoso por banda que salga a morder al contrario. Lincoln, el perro futbolista, asegura sacrificio para el equipo.

Vientos de agua


Hace unos días acabó la que alguno críticos televisivos consideran como la mejor serie de la historia: Los Soprano. Reconozco que no he visto nada ella. Yo, el mismo día que en Estados Unidos emitían el último capitulo de los mafiosos, asistía al final de otra serie: la hispano-argentina Vientos de Agua. Evidentemente no lo hice a través de la televisión. Telecinco decidió rquitarla de la parrilla al cuarto capítulo porque, para la cadena, los dos millones y medio de seguidores que cosechó en sus primeras entregas no eran suficiente. Tanto fue así que la retiraron de la programación y decidieron que quien quisiera verla tendría que gastarse los dineros en el Dvd. La decisión no les salió mal, pues Vientos de Agua se convirtió en la segunda serie más vendida de 2006, sólo por detrás de una de las temporadas de Perdidos. En cambio sí fue un duro golpe para aquellos que piensan que es posible que un producto de este tipo conquiste a la audiencia. Decía el periodista Javier Pérez de Albéniz que el bajo seguimiento de Vientos de Agua marcaba el 'índice de embrutecimiento' de los telespectadores españoles. Algo que señalaba que a la gran mayoría de los televidentes, acostumbrados a un determinado tipo de televisión de baja calidad, les era difícil saber apreciar la belleza de este tipo de productos.
Lo cierto es que Vientos de Agua es una auténtica maravilla. Lo es en primer lugar porque tiene una factura impecable en cada uno de sus capítulos. Más que episodios el espectador presencia pequeñas películas. Los guiones, los actores, la dirección, la banda sonora, los decorados... todo los elementos confluyen en crear una auténtica joya cinematográfica. Pero no sólo la forma resulta atractiva. El fondo sirve para llevar a cabo una reflexión sobre un fenómeno tan de actualidad en nuestro país como la inmigración. La serie pone de relieve como la historia siempre se repite aunque en ella cambien los actores. En el caso de España, si en los años 30 éramos nosotros los que teníamos que salir de nuestra tierra hacia otros países para ganarnos la vida, hoy es justo al revés y son otros los que llegan a la península en busca de un futuro mejor. Esta reflexión es presentada en Vientos de Agua fuera de todo tipo de "buenismos". Las historias paralelas en la Argentina del pasado y la España del presente son narradas con un realismo que mueve al espectador a ejercer una reflexión sobre el tema.
Pero además la serie tiene toda esa ternura y belleza que impregnan muchas de las últimas películas del cine argentino como "El hijo de la novia" o "Luna de Avellaneda". No obstante el director de todas ellas es el mismo: Juan José Campanella. Si ya resulta difícil no coger cariño a sus personajes en la gran pantalla, en Vientos de Agua es aún más complicado, pues en el caso de José Olaya (su protagonista) lo que se nos narra es toda su vida, desde sus primeros pasos como adulto hasta los últimos de la vejez. Y de la misma manera que la nostalgia y la melancolía embargan al personaje en el capítulo final, el espectador se ve también inmerso en un sentimiento parecido, pues ambas sensaciones no son más que el fruto de recordar aquello que nos ha hecho felices. Y es que en los doce capítulos que preceden al último, Vientos de Agua ofrece momentos muy placenteros de los que da lástima despedirse. Proyectos como este es difícil que vuelvan a gestarse tal y como está el panorama actual de la televisión. Una lástima.