
Cuando Andrés Montes narraba la NBA en Canal+ solía englobar a jugadores como Steve Kerr, Mike Miller o Jeff Hornacek en el club ‘raza blanca tirador’, en referencia a la enorme capacidad para anotar desde el perímetro que tenían estos hombres. El colectivo se podría ampliar con una sección futbolística cuyos miembros más relevantes estarían en su mayoría en la Premier. Uno de ellos dio buena muestra ayer de sus capacidades. Se trata de Paul Scholes, que con su tremendo disparo logró sacar billete a su equipo para la final de Moscú, dejando en la cuneta al Barça. En la otra semifinal, que se disputa esta noche, se podrá ver a unos cuantos socios de excepción. Por el Liverpool Steven Gerrard y John Arne Riise. Un diestro y un zurdo capaces de pegarle a puerta con potencia desde cualquier lugar. Por el Chelsea, Frank Lampard y Michael Ballack, dos de los mejores llegadores del mundo. No es casualidad que todos ellos jueguen en Inglaterra. El juego directo que se practica en las islas británicas no solo favorece sino que exige que los futbolistas se animen a disparar desde lejos. Por eso, aquellos que tienen entre sus virtudes disponer de un gran disparo, lucen mucho más en la Premier. De hecho, siempre he pensado que si Juninho Pernambucano hubiera dado el salto del Lyon a algún equipo de la liga inglesa, se hubiera convertido en un referente mucho mayor que el que ha conseguido ser en Francia. El brasileño, pese a estar ya en el declive de su carrera, es probablemente el jugador con mejor disparo del mundo. En Francia se ha hinchado a meter goles. Tantos que si hubiera logrado en Inglaterra hubieran tenido mucha más repercusión.
A estas alturas de temporada empieza a resonar con fuerza el ruido de maletines en el fútbol español. Una melodía que sin duda irá ‘in crescendo’ a medida que nos acerquemos al final. Aunque prohibidos por ley, las primas a terceros por vencer es una práctica casi legalizada por la vía de los hechos. El debate sobre si es ético o no resulta inútil actualmente. Se quiera o no, la historia se repite todos los años, aunque sorprende que dé comienzo en Segunda, la competición a la que aún restan más jornadas para finalizar.
Y es que los que no han hecho bien su trabajo o aquellos que desean rematar la faena, deciden primar a los equipos que se enfrentan a sus rivales en la clasificación, con la vieja idea de que el dinero todo lo puede. Al parecer, ese está siendo el caso de la Real Sociedad, que ve como pasan las jornadas y no logra alcanzar al Sporting de Gijón en la tercera plaza. Por ello, existen rumores según los cuales los donostiarras habrían ofrecido primas a los dos últimos rivales de los rojiblancos: Sevilla Atlético (60.000 euros) y Cadiz (100.000 euros). De ser cierto, la jugada no les habría podido salir peor deportivamente, pues el Sporting logró imponerse en ambos encuentros, rompiendo con ellos una racha de tres partidos sin ganar que no supo aprovechar la Real Sociedad. El hecho de que el presidente realista, Iñaki Badiola, estuviera presente en el palco del Ramón de Carranza el pasado domingo viendo el encuentro entre Cádiz y Sporting ha hecho aumentar los rumores. Cierto es que los gaditanos se enfrentarán a la Real en un par de jornadas, pero lo normal es que los informes sobre los rivales los haga algún miembro del cuerpo técnico o el propio entrenador, pero nunca el Presidente.
Al final, será la competición la que dicte sentencia en los terrenos de juego y no según los presupuestos de los equipos. Si algo han demostrado este año clubes como el Sporting es que se puede estar arriba sin ser de los más ricos de la categoría. Para muestra, el golazo de Diego Castro el otro día en el Carranza. Un gran jugador que llegó libre a la entidad rojiblanca.

El fin de semana ha sido prolífico en cuanto a noticias deportivas. El ‘quasi’ alirón del Real Madrid en la Liga, la victoria de Nadal sobre Federer en Montecarlo, la resurrección de Alonso en Catalunya o el primer ‘match-ball’ salvado por el Estudiantes para mantenerse en la ACB son algunas de las más relevantes. Pero para mi, ninguno de estos acontecimientos eclipsa la victoria de Chema Martínez en el maratón de Madrid. Dejando a un lado la alegría que me produce cualquier triunfo de una persona como Chema, que representa como muy pocos la cara más amable del deporte, la importancia de su triunfo no es desdeñable. Tras once maratones, el Mapoma es la primera cita en la que el atleta madrileño logra cruzar en primer lugar la línea de meta. Y no se trata de una prueba fácil, pues el recorrido resulta bastante duro debido a la orografía del terreno, a la altitud, que en este tipo de pruebas se nota, y al calor que hacía ayer. Además, había rivales peligrosos. De los 10 primeros, Chema era el único cuya procedencia no se encuentra en África. Los keniatas protagonizaron una primera parte de la prueba a un ritmo infernal que Chema fue capaz de aguantar para, a menos de diez kilómetros del final, irse en solitario espoleado por el público madrileño que le llevó en bolandas hacia la meta. Gran triunfo que hace pensar que en Pekín, Chema pueda estar luchando por los primeros puestos en una prueba tan abierta como lo es el maratón.
Escribía Sánchez Dragó hace unos días en su blog de El Mundo: "Estoy en Barcelona, ciudad amabilísima, hospitalaria, abierta, bien educada. Su reverso es Madrid: todo lo contrario".
Es decir, que Madrid es grosera, descortés, cerrada y mal educada. Imagino que para él habrá sido un infierno vivir en la capital todo este tiempo en el que se ha estado embolsando tanto dinero por sus programas en Telemadrid (la televisión que pagamos todos los madrileños a los que, por cierto, nos calificó como uno de los pueblos más sucios).
Un escritor argentino llamado José Narosky decía que “quien cambia felicidad por dinero no podrá cambiar dinero por felicidad”. Yo le recomiendo al señor Dragó que, por su propio bienestar, no sacrifique nunca más su felicidad por mucho dinero que le ofrezcan por trabajar en Madrid.
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Dentro de unos días se celebrará el bicentenario del 2 de mayo de 1808. Para recordar la fecha en la que el pueblo madrileño se levantó contra la invasión francesa se han preparado multitud de actos entre exposiciones, espectáculos, publicaciones, etc. La Comunidad de Madrid se ha volcado, como no podía ser de otra manera, para festejar por todo lo alto tan importante aniversario. Sin embargo, tengo la duda de si tanto afán por conmemorar el bicentenario no oculta intereses subrepticios por parte la presidenta de la Comunidad. Por todos es sabido que Esperanza Aguirre no da puntadas sin hilo y la oportunidad que se le presenta con este acontecimiento para hacer apología de su ideología resulta evidente. En las exposiciones, espectáculos y publicaciones programadas, conceptos como España, nación o libertad (inevitablemente asociados al pensamiento del PP debido a su continua intención por acapararlos) están muy presentes. La derecha ha tomado como bandera los acontecimientos del 2 de mayo, lo cual no deja de ser una reivindicación de la memoria histórica, esa que tanto criticaban cuando lo hacía el PSOE con la Guerra Civil del 36 por que decían que dividía a los españoles. De lo que no se quieren dar cuenta es que en 1808, además de una guerra contra el invasor francés, el conflicto también supuso una guerra civil entre los españoles afrancesados que apostaban por una modernización del país (aun a costa de caer bajo el yugo galo) y los españoles que defendían la independencia nacional (aun a costa de guardarle el trono al absolutismo borbónico).
La propaganda masiva, esa que llega al gran público, va por la senda del patriotismo, del ejemplo de lucha por la nación española. Lo mejor para combatirla es aceptar su invitación e interesarse a fondo por el 2 de mayo y por la Guerra de Independencia. Sólo bajando a la letra pequeña se verá con detalle un acontecimiento tan complejo como el sucedido hace ahora doscientos años. Así se evitarán interpretaciones unívocas e interesadas y cada uno podrá sacar las muchas enseñanzas que pueden extraerse del levantamiento. A mi, por ejemplo se me ocurre una. Y es que una de las cosas que quedó patente en aquellos momentos es el gran error que supone que un pueblo intente imponer por la fuerza a otro sus ideas por muy buenas que estas sean. Le pasó a Francia con España hace 200 años. O, sin ir más lejos, a Estados Unidos con Iraq hace poco.
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