¿Por qué lo llaman deporte cuando quieren decir nacionalismo?

Emocionarse con los éxitos de un equipo o de un deportista que represente al grupo es una de las formas más eficaces de estrechar los lazos de unión a ese colectivo que vertebra la existencia de los ‘animales sociales’ que somos las personas. No hay duda de que la pasión es un ingrediente indispensable en el deporte. Pero ¿hasta qué medida? Qué es más importante, ¿el deporte o el equipo? Para muchos, las competiciones deportivas son sólo un instrumento con el que canalizar sus pasiones colectivas. Algunos sociólogos atribuyen al deporte moderno la virtud de haber sido capaz de sustituir a las guerras en el plano de la lucha simbólica por la supremacía entre colectividades. Los orgullos nacionalistas o regionalistas ahora se enfrentan en campos de juego en vez de hacerlo en campos de batalla. Ello explica que en nuestro país, el interés por unas u otras disciplinas deportivas varíen en cada momento en función de la calidad de nuestros representantes. Ejemplos hay muchos. Antes de Fernando Alonso, la Fórmula 1 apenas la seguían unos pocos miles de aficionados. Hoy, tras los éxitos del asturiano, los seguidores se cuentan por millones. Con Indurain el ciclismo se convirtió en un deporte de masas. Hoy, la aparición de Contador hace que Televisión Española tenga que comprar los derechos de emisión del Giro en el último momento para retransmitir la victoria del madrileño. Es evidente que para el canal público no interesa el evento en sí, sino que lo gane uno de los nuestros. Y ejemplos así hay muchos más en el resto de disciplinas. Sólo el fútbol es capaz de resisitir a esos vaivenes como demuestran las audiencias de partidos de otras ligas ajenas a la española o de competiciones internacionales en las que no hay representantes de nuestro país.
Pero el deporte, para algunas personas, es algo más que un instrumento: es un fin en sí mismo. La lucha por la excelencia a través del esfuerzo físico, la habilidad y la inteligencia, la pugna por el éxito, la admiración del talento o la fascinación producida ante los empeños por superar los propios límites, suponen ingredientes que, por sí mismos, son capaces de encandilar a los auténticos aficionados al deporte sin necesidad de cubrirlos con bandera ninguna. Y así, un español reconoce que la calidad del juego de Federer le resulta más atractiva que el físico en el que basa su estrategia Nadal, de la misma manera que un norteamericano resalta que sin Gasol, los Lakers no estarían luchando por el anillo de campeón de la NBA por muy bueno que sea (que lo es) Kobe Bryant. O resulta normal que desde España se pueda desear que en MotoGp se imponga el piloto con más calidad, que hoy por hoy, no se apellida ni Pedrosa ni Lorenzo, sino Rossi de la misma forma que en Inglaterra se admita que sin Alonso, McLaren ha perdido muchos enteros. Y todo ello sin complejos. Con el deporte por el deporte, sin más.