Un Mundial bordado


Han sido muchos años buscando una aguja en un pajar; una aguja con la que bordar la primera estrella sobre nuestro escudo. Durante 76 años, desde la primera participación de España en un Mundial, hemos estado pensando que sería imposible, que jamás la encontraríamos. Hasta ayer.
El gol de Iniesta borró de golpe todos los amargores que se venían repitiendo cadenciosamente cada cuatro años como si de una maldición programada se tratara. Bien en blanco y negro -a través de libros, periódicos y documentales- bien por televisión, en color y en directo, nos dimos cuenta de que habíamos ensayado casi todas las maneras posibles de caer eliminados: atracados mediante un arbitraje favorable al anfitrión (en 1934, ante la Italia de Mussolini, o en 2002, contra la Corea de la empresa automovilística Hyundai, patrocinador preferente de la FIFA), sorprendidos por el mal fario (en México 1986, con el penalti fallado por Eloy ante Bélgica), víctimas de nuestros propios errores (en Argentina 1978, con el fallo imposible de Cardeñosa frente a Brasil, o en Francia 1998, con el autogol de Zubizarreta en el partido de Nigeria), maniatados por la presión (en Chile 1962, donde contábamos con jugadores como Di Stéfano, Puskas, Gento o Luis Suárez, o en 1982 con nuestro ridículo mundial), etc. Un largo y doloroso etcétera que puede resumirse en la mítica imagen de Luis Enrique en Estados Unidos 1994, donde un italiano llamado Tassotti nos partió la cara, un húngaro de nombre Sandor Pohl nos hizo hervir la sangre por no señalar el penalti y uno de los nuestros, Julio Salinas, nos provocó el llanto al fallar un mano a mano frente a Pagliuca. Así se resumía la historia de España en los mundiales, con sangre, sudor y lágrimas siempre amargas. Hasta ayer.
 

Hoy España puede lucir orgullosa en su camiseta roja la estrella dorada que distingue a los campeones del mundo. Hubo un tiempo en que pensamos que habria que coserla a puñaladas, que nuestro único camino era la furia del “A mí Sabino que los arrollo”. Imperdonable desprecio al estilo en un país de artistas. Sólo a través del toque, el mimo al balón y la alegría por jugar hemos conseguido hacernos con el trofeo más valioso del deporte rey. Hilvanando jugadas más o menos maravillosas, pero con la mirada siempre fija en la portería rival, España se ha bordado a mano el ansiado distintivo utilizando hilo de seda y aguja de oro. Ahora tenemos un símbolo a partir del cual construir la leyenda. Esta estrella hay que utilizarla como utilizan los marineros la estrella polar, que siempre les sirve para saber dónde está el norte. El nuestro está en el compromiso con la estética como camino para alcanzar la gloria. Es la creación de un estilo propio para el fútbol español, mezcla de la furia del pasado y el talento del presente. Con él hemos llegado al olimpo. Parece increíble, pero España es por fin la campeona del mundo. Además de para cosernos el premio, no vendría mal usar la aguja para pincharnos la piel y saber que esto no es un sueño.